Foto: Celina P. Melero |
Hace
tres décadas llegué a una casa que ostentaba el nombre de Oikos en la fachada. Supe que en griego
antiguo significaba “casa”. Ahí tenía su oficina el padre Jesuita, Dr. Valerio
Ortolani.
A pesar de estar dentro de la ciudad (23 Poniente) y rodeada de cemento, se abrió ante mí la ventana a un mundo diferente, jamás imaginado.
Dos
temas me acercaron a él. El primero era el interés por conocer las técnicas
psicológicas de manejo grupal, que él empleaba, y el segundo se relacionaba con
la tanatología. En los años 80 y algo, ambos eran temas poco conocidos y aún menos abordados.
Ya
en 1869, el biólogo alemán, Ernst Haeckel, había estudiado la biología de los
ecosistemas empleando el término “ecología” y al parecer, fue casi cien años
después cuando los científicos pusieron de nuevo la mirada en el tema.
Regresemos
a 1985, cuando a pesar de ser una mamá joven, con tres hijos, tenía a mi favor
el título de maestría en Psicología Clínica y una “amplia” experiencia en la
práctica clínica hospitalaria y particular. En esos años mi ego me precedía y
en cuanto el padre Ortolani me puso enfrente las voluminosas carpetas con la
información que él había recopilado para su libro: Personalidad Ecológica, me di cuenta que yo no sabía nada de nada.
El
padre Ortolani, como yo le llamaba, quería mi opinión acerca de su trabajo y me
había elegido como lectora de esos apasionantes escritos. Debo mencionar que en
1985, no contábamos con computadoras y bancos de información como los actuales.
Nos rodeaban los libros, nos agobiaban los papeles, nos torturaba la máquina de
escribir y los papelitos correctores, y eran indispensables las visitas a las
bibliotecas.
Era
claro que no tenía los conocimientos ni la experiencia para opinar, sólo me
restaba ser honesta y aprender de ese hombre todo lo que pudiera.
Sin
éxito, he buscado una fotografía del padre Ortolani, por tal motivo haré un
descripción de acuerdo a como ha quedado en mi memoria, porque una de las
bondades de esos años era la de guardar las imágenes dentro de uno mismo.
Un
hombre alto, de más de 1.80 de estatura, fuerte y a la vez esbelto. De pelo
cano y lacio peinado hacia atrás. Siempre vestía de traje. Caminaba ligeramente
encorvado, intuyo que más por una actitud reflexiva que por un problema en la
columna vertebral (mi apreciación). Su castellano era intachable y conservaba
un tenue acento italiano. Bondadoso, paternal, paciente, de brillantes ideas y
profunda sencillez. Mucha gente lo visitaba para pedir consejos o por
cuestiones profesionales.
El
borrador del libro me introdujo en el trabajo que el padre Ortolani tenía
destinado para mí. Consistió en diseñarle ejercicios para llevarlos a cabo en
los grupos de superación humana (así les llamábamos en esos tiempos).
El
contacto con la naturaleza era primordial. La cercanía con el mundo natural
debía funcionar como un vehículo que acercara a las personas a su Yo interno y
de ahí a la fuente divina.
La
idea me entusiasmó. Transformé varios de los ejercicios aprendidos en
bioenergética y luego los de gestalt,
pero antes debía probarlos en mí y en quienes quisieran colaborar conmigo, en
este apasionante camino. Así fue como inicié mis diálogos con las flores, la
atención profunda en el viento, la lluvia. La interpretación de las sombras y
mi reflejo en espejos de agua. Me abracé a los árboles, rodé por el pasto, me
empapé en las tormentas y helé mi piel con el granizo.
Fue
una época de jugar con mis hijos en el lodo, de brincar en los charcos, de
recorridos en bicicleta a la orilla del mar, de observar a las golondrinas, a
las hormigas, de montar a caballo y quizás de parecer ante los demás como un
poco loca y un poco bruja. En esos años, las terapias grupales y las
actividades de contacto con la naturaleza no eran muy bien vistas, o bien, poco
comprendidas.
El
padre Ortolani incluyó dentro de su programa varios de mis ejercicios. Funcionaron
tanto en mí como en las personas que tuvieron el privilegio de participar en
los grupos del padre Ortolani, en el Bosque de Manzanilla (ahora extinto).
El
punto básico era crear consciencia de que formamos parte de un plan divino que
incluye el mundo vegetal, el mineral y el animal. Nada se encuentra separado y nuestra
casa es el planeta. Crear los vínculos con la naturaleza lleva al equilibrio,
parentesco cercano que en algún momento de nuestra historia se olvidó.
El
siguiente paso conducía a la consciencia de pertenencia a un sistema planetario
y de ahí al universo. La personalidad ecológica lleva a la trascendencia.
Ahora,
en retrospectiva, reconozco que el Dr. Valerio Ortolani fue uno de los pioneros
de la ecología, en la ciudad de Puebla. Un visionario que me llevó a descubrir
un territorio sin fronteras, permitiéndome comprender la muerte a través de la
vida, la trascendente, la que vibra más allá de la persona.
La
finalidad de la ecología es observar y comprender la manera en la que se
relaciona cada elemento del mundo natural o sistemas del medio ambiente.
Nosotros formamos parte de ese mundo y al regresar al origen, se restablece el
balance entre la mente, el cuerpo y el espíritu. La naturaleza es la gran
enciclopedia, una vez abierta y comprendido el lenguaje básico, no podremos
dejar de aprender.
Los
ecologistas verdaderos promueven la reanudación del vínculo Mujer-Hombre-Madre
Tierra. En la medida que seamos conscientes de esto, respetaremos y cuidaremos
nuestra gran casa, porque sin ella, no existiríamos.
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